“El desafío angloprotestante” (2004)

El Cultural, 4 de abril de 2004

Hace poco, uno de los brillantes arquitectos de la nueva política exterior estadounidense, Paul Wolfowitz, hizo alarde de su gran sensibilidad sociológica, al afirmar que los españoles –pese a la intención del PSOE de retirar de Irak a las tropas españolas –no son cobardes.  Su prueba:  España es el lugar de origen de la corrida de toros.  En su ensayo sobre los hispanos en EEUU, “El reto hispano”, Samuel P. Huntington ha demostrado una sensibilidad muy afin a la de Wolfowitz, y una parecida afición a los estereotipos más rancios y racistas de la leyenda negra.  Según Huntingon, la inmigración hispana a EEUU representa una de las mayores amenazas a la identidad política y cultural del país, ya que hay “varios rasgos culturales hispanos” que son del todo incompatibles con “el credo” nacional de EEUU.  Estos rasgos esenciales del homo hispanicus son:  una desconfianza hacia todos los que no son de la familia, una falta de iniciativa, autonomía y ambición, y una aceptación de la pobreza como una virtud necesaria para entrar al Cielo.  Olé…

Con mucho respeto

Una manera de cuestionar los juicios emitidos por Huntington es la de David Brooks, un columnista conservador del New York Times, que, con mucho respeto, presenta datos de otros estudios que contradicen todos los puntos básicos de Huntington.  Otra manera de refutación consistiría simplemente en señalar todas las contradicciones internas al artículo de Huntington: los hispanos desconfían de todos, pero ¡horror! en la emigración, lejos de sus familias, se juntan y construyen comunidades; les falta la ética de trabajo, pero –hélas—son los responsables de la reinvención de Miami; aceptan estoicamente la pobreza, pero –caray—no dejan de jugarse la vida buscando mejor fortuna en la emigración.

Yo en esta materia de refutaciones prefiero el empirismo puro y duro:  basta con vivir en cualquier ciudad de EE.UU., y con no estar totalmente cegado por el racismo y la xenofobia, para ver que lo de Huntington no es más que una sarta de sandeces.  En cuanto a la desconfianza de los hispanos, puede ser que los recién llegados desconfíen de los simpáticos agentes del Border Patrol, o de los sesudos politólogos que los transforman en enemigos del Estado y en poco menos que terroristas culturales.  Desconfiarán también de los reclutadores de las Fuerzas Armadas que frecuentan las comunidades hispanas en busca de carne de cañón; pero ya quisieran muchos otros grupos contar con las redes de afiliación y de apoyo que van tejiendo –en sus iglesias (protestantes muchas de ellas), en sus clubs sociales, en sus peñas deportivas—los hispanos en EE.UU.  Con respecto a la falta de la ética de trabajo; que se entere el señor Huntington de quiénes están trabajando 12 o 15 horas al día, cuidando a sus nietos, embelleciendo su jardín, y planchando con almidón sus calzoncillos angloprotestantes. Y en lo que se refiere a la aceptación de la pobreza entre los hispanos como modo de alcanzar el Paraíso, todo el fenómeno migratorio, que tanto le alarma al señor Huntington, es la más rotunda refutación de tamaña estupidez.

Arriesgarse la vida, dejar atrás todo, para trabajar y vivir entre los Wolfowitz y los Huntington del mundo tiene que ser, para miles y miles de inmigrantes honrados y trabajadores, si no un infierno, por lo menos un verdadero purgatorio, un auténtico desafío angloprotestante.  Pero no todos los angloprotestantes pueden ser tan odiosos; a fin de cuentas, son los inventores del baseball de los los McDonald’s.

Lee  “El desafío angloprotestante” en su formato original.

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